La libertad


Historia de la moda desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX

La industria del vestir

Cosgrave (2012) apunta que el siglo XIX había destacado, entre otras cuestiones, por ser un siglo llenó de avances tecnológicos. La vida estaba cambiando empujada por inventos que iban desde el telégrafo en 1835 al teléfono en 1876, pasando por la bombilla de Thomas Edison en 1879. Pero si algo revolucionó el mundo de la moda fue la aparición de la máquina de coser, nacida del espíritu inventivo de Isaac Singer en el año 1846. Nacía con ella la industria de la moda, la democratización del vestir. Ahora cualquier mujer que pudiera costearse una máquina de coser podría crear sus propios vestidos; sin embargo, la realidad fue bien distinta, pues tener una de estas máquinas era un sueño que no se materializaría para todas las mujeres, debido a sus condiciones económicas.
No obstante, la entrada en escena de la máquina de coser propició que se acelerara el ritmo de confección de prendas y con ello nacieron los primeros grandes almacenes en París acompañados de gran revuelo y expectación. Ahora al cliente ávido de consumir se le presentaba todo tipo de prendas en un mismo lugar, se acabaron aquellos tiempos en los que tenía que ir saltando de pequeña tienda en pequeña tienda para conseguir un conjunto completo, pues las tiendas se especializaban en pocos tipos de prendas. Pero no solo cambió eso, ahora también podría tocar el género a la venta, pues dejó de estar expuesto en vitrinas. De esta manera, comenzaron a proliferar estos grandes establecimientos, no solo en París, sino en ciudades como Newcastle en Inglaterra o Philadelphia  en Estado Unidos (Cosgrave, 2012).
(poner fotos de estos grandes almacenes)
Pero las mujeres de clase alta no abogaban por esta democratización repentina de la moda y elegían las casas de los grandes pioneros de la moda como Charles Frederick Worth o Jacques Doucet, los cuales establecieron sus cuarteles en la rue de la Paix de París (Cosgrave, 2012).

El nacimiento de la alta costura (Charles Frederick Worth)

El mundo de la moda cambiaba a pasos agigantados, a la misma velocidad que el resto de ámbitos. El que vendría a acelerarlo aún más a finales del siglo XIX sería Charles Frederick Worth, considerado el padre de la alta costura, pues comenzó a confeccionar modelos a medida a mano, pero no solo hizo eso, sino que creaba colecciones para las diferentes épocas del año añadiendo siempre pequeñas pero significativas innovaciones para la época, lo que significaba cambios constantes que obligaban a las clientas a estar a la última y aumentar así los ingresos de la casa establecida en el número 7 de la Rue de la Paix (Seeling, 2000).
Este modisto abrió el camino a muchos otros que vendrían después, pues fue el primero que se consideró artista y creador, firmando los modelos que diseñaba. Pero tampoco descuidó la publicidad de su negocio, siguiendo una estrategia que inspiraría a los que vendrían tras él. Esta estrategia consistía en hacer que las mujeres que marcaban el camino de la moda lucieran sus creaciones, así mujeres como la princesa de Metternich o, incluso, la emperatriz Eugenia de Montijo, máxima autoridad en lo que a moda y estilo se refería. Worth creó todo un mundo a su alrededor, consiguió que fueran las clientas las que se desplazaran a su casa de moda y no al revés, como había ocurrido hasta entonces.
Sin embargo, y a pesar de las pocas concesiones que permitía a sus clientas, su estilo tuvo que amoldarse a las exigencias de la emperatriz Eugenia, pues esta y su esposo Napoleón III tenían claro que querían recuperar la suntuosidad de la época de Napoleón I (Cosgrave, 2012). Y si alguna prenda destaca entre todas las que lucían las mujeres del París imperial es la crinolina, símbolo de la moda imperante en el Segundo Imperio francés. Esta prenda consistía en un armazón que se colocaba bajo la falda para crear un gran volumen sin necesidad de llevar muchas y molestas enaguas, fue un elemento liberador de la mujer, pues aumentó considerablemente su libertad de movimiento (Laver, 1997). Sin embargo, Worth comprendía que este estilo tenía los días contados e intentó introducir un vestido con forma de túnica, algo innovador para la época, pero sería Paul Poiret el que consiguiera colocar este tipo de vestimenta en los vestidores de las mujeres a principios del siglo XX (Cosgrave, 2012).
Charles Frederick Worth, inglés de origen, vendría a cambiar el guion de la historia de la moda y a marcar el futuro; convirtió a París en la capital mundial de la moda, fue el primer modisto al que se le conoció por su nombre, nombre que incluso transcendía por encima del de las propias celebridades que vestían sus creaciones, hasta ahora “los diseñadores de moda habían sido personas relativamente humildes que visitaban a las damas en sus hogares. Y la inmensa mayoría de ellos habían sido mujeres” (Laver, 1997, pág. 187), ahora era un hombre el que tenía la tutela de la moda y la ejercía con mano dura, creó su propia leyenda a través de una intransigencia que rozaba la tiranía, pero las mujeres del París de finales del siglo XIX vivían deseosas de lucir uno de sus diseños. Con él los diseñadores comenzaron a tener nombre propio.

La moda de la Belle Époque (1895-1914)

La Belle Époque ha permanecido en el devenir de la historia como un periodo de transición hacia el nuevo siglo que traería consigo múltiples y, en ocasiones, traumáticos cambios. Sin embargo, para la moda supuso los primeros pasos hacia la modernización en el vestir, sobre todo para las mujeres.
Aun así, todavía la crinolina o una variante de ella seguía ocupando un lugar importante en el vestidor de las mujeres. Ahora nos encontramos con el polisón[1], una especie de crinolina de menor tamaño que se desplazaba hacia la parte trasera de la falda y para la que se utilizaba un armazón de acero (Stevenson, 2011). Esta prenda estaría presente hasta mediados de la década de los 80 del siglo XIX hasta que comenzó a ganar protagonismo el corsé con forma de S. Este corsé conseguía adelantar el busto y atrasar las caderas, enfatizando la sinuosidad de la figura femenina y encerrando a la mujer en su eterna jaula de feminidad artificial y exagerada (Laver, 1997). Por lo tanto, todavía a finales de siglo vemos a la mujer envuelta en el lujo y haciendo las veces de objeto decorativo, renunciando a la comodidad y a la movilidad en pos de la prolongación en el tiempo del ideal femenino que imperaba en la época.
El final de esta etapa de la moda comienza a vislumbrarse gracias a la figura de Paul Poiret.

El adiós al corsé (Paul Poiret y Madeleine Vionnet)

El mundo se apresuraba hacia la guerra y en esa carrera ciega hacia el desastre la mujer comenzó a verse liberada de la figura perfectamente sinuosa que había representado el ideal femenino durante las últimas décadas, incluso siglos. Las mujeres pugnaban por liberarse del recargamiento de la Belle Époque y abogaban por la sencillez en el vestir.
El mundo cambiaba y la mujer cambiaba con él. Paul Poiret y Madeleine Vionnet supieron entender el momento y crear un estilo donde el corsé no tenía cabida. Poiret lo hizo a través del gusto por lo oriental que imperaba en el ambiente cultural de la capital francesa y Vionnet creé modelos increíblemente femeninos sin la necesidad de encorsetar a la mujer. 
Paul Poiret encarnaba la personalidad del perfecto diseñador, un hombre pagado de sí mismo, con una fuerte personalidad y un fuerte amor propio. Se consideraba un artista con todas las letras y creía haberse ganado el derecho de haber vestido a su época (Cosgrave, 2012). Además siempre vivió con el título de modisto que liberó a la mujer del corsé y con esa renta vivió el resto de sus días. Buscaba el lujo y lo encontró en Oriente, vistió a las mujeres como si pertenecieran a un harem, pero no buscaba la comodidad o la libertad de la mujer, sino el lujo y la sensualidad de lo oriental volviendo a colocar a la mujer como objeto de deseo. Sin embargo, ha pasado a la historia de la moda como un verdadero pionero que supo entender el arte y el estilo de su época y trasladarlo a la moda. Sea por lo que fuese, dio un paso muy importante en la liberación de la mujer a través de la moda (Seeling, 2000).
El camino también sería abierto por Madeimoselle Vionnet con su incesante búsqueda de la belleza a través de sus creaciones y con drapeados que se adaptaban al cuerpo femenino. Cuando tomó la dirección creativa de la marca de Jacques Doucet en 1907, Vionnet prohibió el corsé, lo que no cayó bien en la clientela de la marca, llevándola a fundar la suya propia en 1912 (Seeling, 2000).  


[1] El polisón es una prenda interior formada por una almohadilla o una estructura hecha de crin de caballo que se coloca en la cintura hacia atrás para realzar la parte trasera (Newman & Shariff, 2009).

Comentarios